El Carácter de la Escuela Moderna

Steinitz_WilhelmEl objetivo teórico del juego, cómo ya se ha explicado, es dar jaque mate al rey adversario lo más pronto posible, y toda la estrategia de ambos jugadores tiene que diseñarse con tal propósito. Los teóricos y expertos prácticos naturalmente han intentado realizar tal objetivo, o en cualquier caso, ganar alguna ventaja de fuerza material a través del ataque directo al rey contrario desde la apertura, y en numerosas situaciones han logrado mostrar que peones y piezas pueden entregarse muy temprano en el juego con el fin de maniobrar contra el rey opuesto para ejecutar el jaque mate, o al menos recuperar material de mayor valor de lo que se había sacrificado temporalmente. En general, esos ataques son ensayados en la práctica, o planteados en análisis, por el primer jugador, y se ha aceptado siempre que el segundo jugador no puede obtener tales oportunidades al comienzo del juego excepto cuándo el adversario comete un error. Pero investigaciones y ensayos prácticos más recientes han comprobado que aquellos sacrificios tan tempranos en el juego, incluso los de quién juega con blancas, son en su mayoría defectuosos y sólo funcionaban cuándo las jugadas del oponente podían calificarse cómo errores en su desarrollo.

De hecho, hoy todos los expertos estiman que jugando ambos combatientes con la técnica adecuada, el resultado de la partida debe ser un empate, y que el derecho a realizar la primera jugada podría asegurar aquel resultado, aunque el valor de dicha jugada no sea equivalente al valor de un peón. Así, en teoría y práctica, no es posible entregar ni tan siquiera un peón en cualquier fase del juego sin arriesgar el resultado final, a menos que pueda ser recuperado pronto. Pero, además, se ha comprobado fuera de cualquier duda, que independientemente del ataque contra el rey adversario, la simple debilidad de cualquier cuadro en cualquier área del tablero causa grandes inconvenientes y dificultades, y a menudo es decisiva. En el transcurso del juego tales cuadros por lo general son ocupados por alguna pieza hostil muy complicada en desalojar que plantea diversas amenazas, mientras que le otorga tempo a su propietario de fortalecer su posición, ya sea concentrando sus piezas en combatir por el cuadro en cuestión u obteniendo mayor libertad para sus fuerzas y dirigir un ataque en otra dirección. El juego se pierde cuándo un terreno tan ventajoso, cómo el mencionado, es adquirido por el contrario en los flancos o en el centro antes de haber cambiado un notable número de piezas. Pero tales debilidades también son peligrosas tras el cambio de damas y torres, cuándo el rey se suma en la batalla. Por ello es vital ganar buen desarrollo con los peones, así el jugador libre de áreas débiles obtiene gran ventaja para su propósito.

Pero es en especial respecto a los poderes del rey que la escuela moderna se desvía de las enseñanzas y prácticas de los antiguos ajedrecistas y teóricos, declarando que el rey debe ser considerado una pieza fuerte tanto para el ataque y la defensa. Esto significa que muy lejos de requerir extrema protección temprano en el juego, unas cuantas precauciones sencillas lo conservarán tan seguro que cualquier intento por atacarlo sería más peligroso para el adversario que para el rey mismo. Ya que tales ataques sólo pueden ejecutarse: con el avance de peones por los flancos, caso en el que tales peones se debilitan mucho si el ataque no funciona tras una simplificación; o dirigiendo varias piezas contra el rey y así exponiéndolas a defenderse en alguna otra zona del tablero dónde uno puede presionar su entrada con fuerzas superiores. Y encima de esto, diversos sistemas de apertura se han desarrollado en los que el rey, aparentemente a la defensiva por cierto tiempo, es sumado en la batalla temprano en el juego, y tras resistir un ataque supuestamente intenso, adquiere perfecta seguridad con una mejor posición hacia el final, a través de forzar la reducción de piezas mayores después de haber ganado cierta ventaja de material, pero a menudo también con prácticamente todas las fuerzas aún en juego.

Estas son en lo principal las ideas más relevantes de la escuela moderna, cómo se le ha llamado, aunque de hecho, sólo constituyen no más que una extensión general a las máximas del juego. La tesis primordial de la escuela moderna puede entonces resumirse de este modo: “Entre ajedrecistas de primera categoría, la captura del rey contrario es el final, pero no el principal, objetivo del juego; y con la mejor técnica de ambos jugadores su legítimo resultado es un empate.”

Cuándo se considera que una simple alteración en el orden consecutivo de unas pocas jugadas conduce a un número inconcebible de posibilidades, es entendible que un cambio de todo el sistema involucra el surgimiento de variantes nuevas e ideas de juego novedosas que con frecuencia están en directa oposición a las nociones y gustos populares. Se han levantado objeciones contra esta reforma, principalmente sobre la opinión de que sus tendencias están calculadas para abolir o, en cualquier caso, reducir las brillantes combinaciones que se presumen ser la característica principal del ataque contra el rey. A esto se puede contestar que dicha opinión es sólo una discrepancia emocional que poca influencia ejerce en este juego cuyo carácter es estrictamente científico.

Es posible estar de acuerdo con la razonable máxima: “La más simple y breve forma de ganar es la mejor”. Por lo tanto, exactitud de criterio y cálculo deben ser cultivadas principalmente en la práctica de este juego, en el que la preferencia de brillantez sobre la razón demuestra un gusto primitivo. La elegancia de estilo dónde surge una oportunidad es un atributo del gran maestro, pero la realidad nunca debería fundamentarse con la frívola opinión de que las brillantes combinaciones ocurren sólo cuándo uno de los jugadores comete un grave error en su juicio con la disposición de sus fuerzas, por ende, muy escasas en las partidas entre jugadores de alta calidad. Así, por ejemplo, en las partidas de Morphy contra sus rivales más prominentes dichos sacrificios brillantes acontecieron sólo en dos juegos de sesenta y tres, y la extraordinaria elegancia y energía de su estilo era en general demostrada en sus ejecuciones de ajedrez a la ciega, juegos con desventaja material y maniobras intrépidas contras oponentes más o menos inferiores. La misma observación aplica para la práctica de los ajedrecistas magistrales de esta época que han aumentado en gran número, y así cómo el juego ha incrementado en popularidad, las oportunidades que surgen para los ajedrecistas expertos de mostrar su ingenio contra jugadores menos hábiles son más frecuentes. Las brillanteces de ninguna manera se han reducido en proporción, y al contrario, se han vuelto comunes incluso entre jugadores que no pertenecen a la más alta categoría. Los premios especiales que se suelen dar en los torneos para los juegos más brillantes son por lo general tomados de competidores que no obtuvieron una alta clasificación. Esto prueba que cierto elemento de riesgo involucra el aspirar a ejecutar combinaciones brillantes y que sólo aquellos con poco qué perder corren tal riesgo. Pero incluso la combinaciones razonables que involucran grandes sacrificios raramente presentan dificultades tan grandes cómo la conservación del balance de la posición y la estrategia requerida para conducirla hasta el proceso final de victoria. Muy a menudo cada jugador tiene que visualizar con mucha anticipación las posibles fantásticas combinaciones del oponente y según esto adopta medios para prevenirlas que, aparentemente simples, requieren profundidad e ingenio más grandiosos que los planes que omiten. Así, los jugadores que ejercitan sus destrezas con el propósito de adquirir firmeza de criterio en general, también fortalecen sus percepciones para las más complicadas maniobras en el ataque al rey.

Wilhem Steinitz, 1889.

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